La leyenda de la bella airosa

Seria más o menos en el siglo XVl cuando existía una muchacha muy bonita y además de todo de muy buen corazón. No se recuerda el nombre de la muchacha lo que si se recuerda es que a ella le gustaba y le satisfacía sobremanera ayudar a todo el que pudiera, como ejemplo de esto se cuenta que le gustaba enseñarle a los niños a leer y escribir, jugaba con ellos; y era muy amable y solidaria con las personas mayores, además de que tenia un gran respeto por la madre naturaleza y estar en contacto con ella era una de las cosas que mas disfrutaba; por todas esas cualidades que ella poseía se decía que era una muchacha muy bella tanto por fuera como por dentro.

En los ratos libres que tenia en el transcurso del día ella acostumbraba acudir al cerro que estaba cerca de su casa (recordemos que Pachuca es una ciudad que esta rodeada de cerros) para caminar y observar las diferentes especies de animales y plantas que había en el lugar mencionado, además de que algo que a ella le encantaba y la hacia sentir bien era sentir como el viento jugaba cariñosamente con su pelo.
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La impresionante leyenda de la Lola

La leyenda de la Lola procede de la región norte de Chile, y nos habla sobre el espíritu vengativo de una mujer a la que todos temen.

Todo empezó con un bella y recatada joven de nombre Dolores a la que cariñosamente conocían en su pueblo como “La Lola”, esta muchacha era muy celada por su padre, ya que le pretendía desposarla con un hombre muy rico. Sin embargo, ella entregó su corazón a un muchacho pobre, un humilde minero, con el que contrajo matrimonio en secreto para evitar en enojo de su padre.

La pareja huyó al campo, y ahí el muchacho se hizo de fortuna al explotar una mina secreta junto a algunos compañeros. Pero al poco tiempo, todos estos tesoros sacados de la tierra no les traerían más que desgracias.
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La leyenda de la casa de los perros

Esta leyenda tiene lugar en Guadalajara, México, a principios del siglo pasado. Habitaba cómodamente en la ciudad un rico comerciante de café, don Jesús Flores, quien era viuda hace desde hacía mucho y no tenía hijos. La soledad le pesaba, por lo que decidió buscar una nueva compañera. Amante de las mujeres jóvenes y bellas, empezó a cortejar a las hijas de una mujer viuda. La menor de éstas, de nombre Ana, aconsejada por su madre acerca de la conveniencia de desposar al acaudalado pretendiente, aceptó los requerimientos del señor Flores, y pronto hubo boda en Guadalajara. No mentimos si afirmamos que separaba a la pareja alrededor de medio siglo.

La niña Ana, ahora orgullosa esposa del señor Flores, pronto comenzó a exigir privilegios propios de su clase. Gastó una fortuna en decorar y amueblar la nueva casa, y agregó, en la parte superior, dos esculturas de perros que hizo traer de Nueva York. Desde entonces la morada fue conocida como la casa de los perros por los habitantes de la ciudad.
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